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martes, 14 de diciembre de 2010

Bombardeo visual #4: De la crisis invernal

Saludos compadres,

Continuamos con la ofensiva gráfica desde los barrios rebeldes de Bogotá. Esta vez, a manera de abrebocas para la temporada navideña, un recordatorio de que vivimos bajo la sombra de un gobierno criminal, corrupto y asesino. El señor Santos no es ningún santo. Es un criminal de guerra, responsable directo de decenas de miles de bombardeos y operaciones militares que han apagado la vida de miles de compadres en campos y ciudades de nuestro país. Responsable directo de no buscar una salida política y negociada al conflicto armado, y preferir continuar con el desangre de las familias del pueblo, ya que sus hijos no van a la guerra.


También nos gustaría llamar la atención frente a la actual "crisis invernal" que golpea por igual a casi todo el territorio de nuestro país. Esta tragedia, que ya ha cobrado casi 500 victimas mortales, con millones de afectados, no es un hecho incidental que tomó a todo el país por sorpresa. Por decreto constitucional, el Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial de Colombia, a través del Instituto de Hidrolgía, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM) tiene la responsabilidad de monitorear constantemente el Sistema de Alertas Tempranas, por medio del cual la inminente llegada de catástrofes ambientales se hace previsible. En pleno siglo XXI, la llegada del invierno es completamente predecible y sus consecuencias se hacen evitables por medio de evacuaciones, reforzamientos y creación de refugios. El gobierno es el UNICO responsable de la tragedia invernal que aqueja a Colombia. El gobierno del presidente Santos no atendió oportunamente el Sistema de Alertas Tempranas, haciendo caso omiso de la inminente tragedia que se nos venía encima. Esto es una evidencia clara del mal gobierno, la negligencia criminal de los "administradores" del Estado y la ceguera infinita de la clase que gobierna el país. El mal manejo de esta crisis invernal pasará a la historia como una de las peores tragedias climáticas en la historia de Colombia.


Ya comienza a asentarse la polvareda mediática que, como al principio de cualquier gobierno, las elites se encargan de hacer. Ya empezaremos a ver el rostro criminal de la "Unidad Nacional", que no es mas que otro mal gobierno de los ricos, mientras los nadie seguimos igual.


Frente de Guerra Visual
Movimiento IRA
movimientoira.blogspot.com

jueves, 7 de octubre de 2010

Reflexiones insumisas...

Porque un poco de teoria no hace mal, les dejamos algunas reflexiones interinas de algunos estudiantes rebeldes que militan en nuestras filas.

Ingobernabilidad


El ideal de la ingobernabilidad es altamente incomprendido, sobre todo fuera de los círculos libertarios. Generalmente se acusa a los anarquistas de inmaduros políticos, pues no son capaces de concebir ningún gobierno, coordinación o consejo. Sin embargo, la ingobernabilidad mina directamente la autoridad ilegítima, apunta a criticar una autoridad, que al no ser aceptada y comprendida por la racionalidad y la emotividad de los ciudadanos, se tiene que imponer de manera “legal”, es decir, por la fuerza utilizando los mecanismos de represión del estado. Así es como nosotros entendemos la ingobernabilidad, como la justa rebelión ante la autoridad patentada por la fuerza, que no quiere dejarse entender por su misma naturaleza ilegítima.

Citando a Bakunin “Aceptamos todas las autoridades naturales, y toda influencia de hecho, ninguna de derecho; porque toda autoridad o toda influencia de derecho, y como tal oficialmente puesta, al convertirse pronto en una opresión y en una mentira, nos impondría infalibelemente… la esclavitud y el absurdo.

En una palabra rechazamos toda legislación, toda autoridad y toda influencia privilegiadas, patentadas, oficiales y legales, aunque salgan del sufragio universal, convencidos de que no podrán actuar sino en provecho de una minoría dominadora y explotadora, contra los intereses de la inmensa mayoría sometida. He aquí porque somos realmente anarquistas”


Para nosotros no sólo el gobierno actual, sino el sistema de gobierno en que éste se basa, son parte de esta autoridad patentada ilegítima. Por eso es que nosotros nos definimos como ingobernables y nos defendemos como tales.

Poder popular

Para nosotros, el concepto de Poder Popular esta inexorablemente emparentado con el de democracia radical. La construcción de la coordinación de abajo hacia arriba, en donde se tiene en cuenta las necesidades concretas, el constante control de algunos delegados y representantes, y un constante diálogo no sólo son ideales que esperamos con la revolución, sino que la tenemos como principio básico de nuestro modo de operar.

Unidad revolucionaria

Más que una consigna, un ideal o una estrategia, la unidad revolucionaria es para nosotros una fría necesidad en estos momentos de especial represión. Más allá de nuestras diferencias ideológicas puntuales (socialismo, comunismo, anarquismo, etc), reconocemos que si no nos unimos para la acción, como complemento básico de la disgregación para la comprensión, nunca lograremos transformar la sociedad, y salir a la luz del fondo de la caverna. Si todos coincidimos en la necesidad de la revolución social, es para nosotros suficiente para considerarnos compañeros y luchar hombro a hombro por este ideal. Si la burguesía, clase individualista y egoísta puede unirse para la explotación, ¿Por qué nosotros no por la liberación?

Acción directa

Este es un viejo ideal anarquista, el cual hemos discutido largamente al interior de la organización. Si bien la reflexión y difusión teórica tiene su valor despertando mentes, la acción directa, o la propaganda por la acción como preferimos llamarla, es a nuestro entender mucho más efectiva. Si un revolucionario arrojado, por medio de la acción logra demostrar (en palabras de los amigos del SUR) “que es posible y que vale la pena rebelarse”, muchos otros, al ver su ejemplo harán los mismo, creando una unidad revolucionaria en pro del poder popular, allende diferencias ideológicas y unidos por el calor de la acción revolucionaria.

jueves, 19 de marzo de 2009

AMOR A LOS QUE LUCHAN: La teología de la liberación

EN EL MARCO de la ya conocida iniciativa del Movimiento IRA que llama a la practica de la memoria histórica, y con verdaderos animos de debate y pensamiento, exponemos un articulo acerca de la teología de la liberación. Una ideologia rebelde que se gestó en las luchas de cristianos y marxistas que, de la mano con los pueblos de Suramérica, organizaron muchos levantamientos contra el imperio, las oligarquías y los tiranos criollos. En Colombia, este pensamiento humanista y revolucionario surgió con el ejemplo de Camilo Torres, y caminó por los montes y las selvas junto a los miles de combatientes guerrilleros del ELN, desde los años 60.
Hoy recordamos este pensamiento, y lo saludamos, desde nuestra perspectiva libertaria, como un ejemplo de la posible y necesaria unión de todos los rebeldes contra la injusticia y la miseria.

La teología de la liberación se propaga, pese al veto del Vaticano

Desde sus inicios a fines de los años 60, la Teología de la Liberación adoptó una perspectiva global, enfocada en la condición de los pobres y oprimidos en el mundo entero, víctimas de un sistema que vive de la explotación del trabajo y de la depredación de la naturaleza.
Este sistema explota a las clases trabajadoras y a las naciones más débiles. Y además reprime a los que oprimen y por lo tanto contrarían sus propios sentimientos humanitarios. En una palabra, todos deben ser liberados de un sistema que perdura desde al menos tres siglos y ha sido impuesto en todo el planeta.
La Teología de la Liberación es la primera teología moderna que ha asumido este objetivo global: pensar el destino de la humanidad desde la condición de las víctimas. En consecuencia, su primera opción es comprometerse con los pobres, la vida y la libertad para todos. Surgió en la periferia de las Iglesias centrales, no en los centros metropolitanos del pensamiento consagrado. Por ese origen ha sido siempre considerada con sospecha por los teólogos académicos y principalmente por las burocracias eclesiásticas y la de la Iglesia más importante, la romano-católica.
De su cuna en Latinoamérica la Teología de la Liberación pasó a África, se extendió a Asia y también a sectores del primer mundo identificados con los derechos humanos y la solidaridad hacia los desposeídos. La pobreza entendida como opresión revela muchos rostros: el de los indígenas que desde su sabiduría ancestral concibieron una fecunda teología de liberación indígena, la teología negra de la liberación que resiente las marcas dolorosas dejadas en las naciones que fueron esclavistas, el de las mujeres sometidas desde la era neolítica a la dominación patriarcal, la de los obreros utilizados como combustible de la maquinaria productiva. A cada opresión concreta corresponde una liberación concreta.
La cuestión teológica de base que hasta ahora no acabamos de responder es: ¿cómo anunciar creíblemente un Dios que es un Padre bondadoso en un mundo atestado de miserables? Sólo tiene sentido si implica la transformación de este mundo, de manera que los miserables dejen de gritar. Para que un cambio semejante tenga lugar ellos mismos tienen que tomar conciencia, organizarse y comenzar una práctica política de transformación y liberación social. Como en gran mayoría los pobres en nuestros países eran cristianos, se trataba de hacer de la fe un factor de liberación. Las Iglesias que se sienten herederas de Jesús, que fue un pobre y que no murió de viejo sino en la cruz como consecuencia de su compromiso con Dios y con su justicia, serían las aliadas naturales de este movimiento de cristianos pobres.
Este apoyo se ha verificado en muchas iglesias en las que ha habido obispos y cardenales proféticos como Helder Camara y Paulo Evaristo Arns en Brasil, Arnulfo Romero en El Salvador y muchos otros, así como numerosos sacerdotes, religiosos y religiosas y laicos comprometidos políticamente.
En razón de su causa universal ya a inicios de los años 70 la Teología de la Liberación era un movimiento internacional y convocaba verdaderos foros teológicos mundiales. Se estableció un consejo editorial integrado por más de cien teólogos latinoamericanos para compilar una sistematización teológica desde la perspectiva de la liberación en 53 tomos. Ya se habían publicado 13 tomos cuando el Vaticano intervino para hacer abortar el proyecto. El entonces cardenal Joseph Ratzinger fue riguroso. Cortó de raíz un trabajo promisor y benéfico para todas las iglesias periféricas y especialmente para los pobres. Pasará a la historia como el cardenal -y después Papa- enemigo de la inteligencia de los pobres.
La Teología de la Liberación creó una cultura política. Ayudó a formar organizaciones sociales como el Movimiento de los Sin Tierra, la Pastoral Indígena, el Movimiento Negro y fue fundamental en la creación del Partido de los Trabajadores en Brasil cuyo líder, el Presidente Lula siempre se reconoció en la Teología de la Liberación.
Hoy en día esta teología ha trascendido los límites confesionales de las Iglesias y se ha convertido en una fuerza político-social. Además de Lula se identifican públicamente con la Teología de la Liberación el Presidente Rafael Correa del Ecuador, el Presidente de Paraguay y ex obispo Fernando Lugo, el Presidente Daniel Ortega de Nicaragua, el Presidente Hugo Chávez de Venezuela y el actual Presidente de la Asamblea de las Naciones Unidas, el sacerdote nicaraguense Miguel de Escoto. Su fuerza mayor no reside en las cátedras de los teólogos sino en las innumerables comunidades eclesiásticas de base (sólo en Brasil existen cerca de cien mil), en los millares y millares de círculos en los que se lee la Biblia en el contexto de la opresión social y en las llamadas pastorales sociales.
Roma incurre en la profunda ilusión de creer que con sus documentos doctrinarios emitidos por burocracias frías y distantes de la vida concreta de los fieles conseguirá frenar la Teología de la Liberación. Ella nació oyendo el grito de los pobres y hoy la conmueve el grito de la Tierra. Mientras los pobres continúen lamentándose y la Tierra gimiendo bajo la virulencia productivista y consumista, habrá mil razones para sentir el llamado de una interpretación libertaria y revolucionaria de los evangelios. La Teología de la Liberación es la respuesta a una realidad injusta y salva a la Iglesia central de su alienación y de un cierto cinismo.
IPS
Leonardo Boff, teólogo de la liberación brasileño y coautor de la Carta de la Tierra.

lunes, 19 de mayo de 2008

Mayo rebelde: el Aniversario de Bakunin

Continuando con los temas de las conmemoraciones históricas del mes de mayo, les presentamos este breve texto de Miguel Bakunin, donde se expone un decálogo de principios para la Revolución Social. Según su concepción libertaria e internacionalista, todas las capas populares de la sociedad participan del proceso revolucionario, desintegrando el Estado y las instituciones que perpetúan la explotación, mientras cada proceso se configura de manera federada en el marco de la revolución internacional.

Feliz cumpleaños para Bakunin, su ejemplo conspirador vive en cada joven rebelde!

El Catecismo Nacional

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Los catecismos nacionales de los diferentes países pueden diferir en puntos secundarios, pero hay ciertos puntos fundamentales que deben ser aceptados por las organizaciones nacionales de todos los países como la base de sus respectivos catecismos, estos puntos son:

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1. Que es absolutamente necesario para cualquier país desear reunir las federaciones libres de los pueblos para sustituir sus organizaciones centralizadas, burocráticas y militares por una organización federalista basada sólo en la absoluta libertad y autonomía de las regiones, provincias, comunas, asociaciones e individuos. Esta federación operará con trabajadores electos, responsables directamente ante el pueblo; No será una nación organizada de arriba hacia bajo, o del centro a la circunferencia. Rechazando los principios de la unidad impuesta y reglamentada, será dirigida de abajo hacia arriba, de la circunferencia al centro, de acuerdo con los principios de la libre federación. Sus individuos libres formarán asociaciones voluntarias, sus asociaciones formarán comunas autónomas, sus comunas formarán provincias autónomas, sus provincias formarán las regiones, y las regiones irán a federarse libremente en países que, por su parte, crearán a la corta o a la larga la federación universal mundial.

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2. Reconocimiento del derecho absoluto de todo individuo, comuna, asociación, provincia, y nación a separarse de cualquier cuerpo en el cuál esté afiliado.

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3. La imposibilidad de la libertad política sin igualdad económica. Libertad e igualdad políticas son imposibles sin igualdad económica y social.
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La necesidad de la Revolución Social
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La extensión y profundidad de esta revolución diferirá más o menos en cada país, de acuerdo con la situación política y social y el nivel de desarrollo revolucionario. Sin embargo, hay ciertos principios que pueden hoy atraer e inspirar a las masas a la acción, independiente de su nacionalidad o de las condiciones de su civilización. Estos principios son:
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1. La tierra es propiedad común de la sociedad. Pero sus frutos y uso deben estar abiertos sólo a aquellos que la cultivan con su trabajo, consecuentemente, la renta y especulación de la tierra deben ser abolidos.
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2. Desde que toda riqueza es producida por el trabajo, quien consume sin trabajar, siendo capaz, es un ladrón.
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3. Sólo el pueblo honesto debe estar envestido de derechos políticos. Tales derechos deben pertenecer sólo a los trabajadores…
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4. Hoy ninguna revolución puede triunfar en cualquier país si no es al mismo tiempo una revolución política y social. Todas las revoluciones exclusivamente políticas - sea en defensa de la independencia nacional o por cambios internos, o hasta por el establecimiento de una república - que no tenga como meta la inmediata y real emancipación política y económica del pueblo será una falsa revolución. Sus objetivos no serán alcanzados y su consecuencia será reaccionaria.
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5. La Revolución debe ser hecha no para, sino por el pueblo, y no podrá triunfar mas que envolviendo entusiastamente a todas las masas del pueblo, o sea, en el campo así como en las ciudades.
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6. Organizada por la idea y la identidad de un programa común para todos los países; coordinada por una organización secreta que irá a impulsar no a unos pocos, sino a todos los países en un plan común de acción; unificada, además de eso, por levantamientos revolucionarios simultáneos en la mayoría de las áreas rurales y en las ciudades, la Revolución asumirá y conservará desde su principio, un carácter local. Y esto, en el sentido que ella no se originará con la preponderancia de las fuerzas revolucionarias de un país expandiéndose a partir de, o focalizada, en un único punto o centro. Tampoco tomará el carácter de una expedición burguesa semi-revolucionaria en el estilo imperial romano. Al contrario, la Revolución estallará a partir de todas las partes de un país. De esta manera, será una verdadera revolución popular envolviendo a todos - hombres, mujeres y niños - y es esto que hará la Revolución invencible.
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7. En el inicio (cuando el pueblo, con justa razón, espontáneamente se vuelque contra sus torturadores) la Revolución será aparentemente sangrienta y vengativa. Pero esta fase no durará mucho y nunca degenerará en un terrorismo frío y sistemático… Será una guerra, no contra hombres particulares, sino de entrada contra las instituciones anti-sociales de las cuáles sus poderes y privilegios dependen.
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8. La Revolución comenzará, por lo tanto, por destruir, sobre todo, todas las instituciones y todas las organizaciones, iglesias, parlamentos, tribunales, administraciones, bancos, etc, que constituyen la esencia del Estado. El Estado debe ser enteramente demolido y ser declarado en bancarrota, no solo financieramente, sino principalmente política, burocrática y militarmente (incluyendo su fuerza policial). Al mismo tiempo, el pueblo en las comunas rurales así como en las ciudades confiscará en beneficio de la Revolución toda la propiedad estatal. También confiscará toda propiedad perteneciente a los reaccionarios y quemará todos los títulos de propiedad y deudas, declarando nulo todo documento y registro civil, criminal, judicial y oficial. Esta es la manera por la cual la Revolución Social será hecha, y una vez que los enemigos de la Revolución sean privados de todos sus recursos, no será necesario aplicar medidas sangrientas contra ellos. Además de eso, el empleo innecesario de tales infelices medidas deben ineludiblemente llevar a la más horrible y formidable reacción.
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9. La Revolución siendo local, asumirá necesariamente un carácter federalista. Así, después de derrumbar al gobierno establecido, las comunas deben reorganizarse de un modo revolucionario, eligiendo los administradores y tribunales revolucionarios en la base del sufragio universal y en el principio de que todos los funcionarios deben ser hechos directa y efectivamente responsables ante el pueblo.
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10. En el sentido de prepararse para esta revolución será necesario conspirar y organizar una fuerte asociación secreta coordinada por un núcleo internacional.
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Miguel Bakunin (1866)
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Siembra rebeldías, cosecha libertades.

martes, 8 de abril de 2008

Debate libertario: SOBRE LA AUTOGESTION

Para continuar con otro tema el debate en torno a una nueva sociedad libertaria, hemos escogido este artículo que expone las ideas de un importante ideólogo libertario, el español Abraham Guillen, frente a la economía autogestionaria y las propuestas alternativas al mercado capitalista.
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Guillen era un anarquista convencido de la viabilidad del proyecto económico libertario. Comenzó su militancia en las filas de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias desde muy joven (1920’s), luego pasó, con bastante gloria, por la CNT y la FAI. Siendo combatiente veterano de la guerra civil española y tras estar preso varios años en las cloacas de la dictadura franquista, Guillen hace su paso, en condición de exiliado, por varios países de Sur América, nutriendo sus ideas de algunas experiencias cooperativas y comunalistas que conoció en nuestro continente.
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Sus ideas influyeron en varias experiencias latinoamericanas. Por ejemplo, la guerrilla anarquista argentina "Resistencia Libertaria", que combatió la dictadura en los años 70's y 80's, reivindicaba la influencia del teórico español en su accionar como organización clandestina con trabajo político de base.
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Con vocación de periodista y habiéndose convertido en un reconocido experto en economía alternativa, Abraham Guillen muere en la capital de su país natal en 1933, dejándonos un inexplorado legado de interesantes ideas practicas que nos tientan a probar la plausibilidad del proyecto libertario.
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Esperamos que esta lectura aporte a la batalla de las ideas,
Saludos rebeldes.

La autogestión según Abraham Guillén
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Resulta paradójico que en una época de desencanto a consecuencia del hundimiento del “socialismo real” y del “fin de las utopías”, el advenimiento de un individualismo condicionado por el miedo social y la sed de consumir (y con ambas cosas reproduciéndose), la renuncia a superar la organización estatal de la sociedad y capitalista de la producción… los debates sobre la autogestión se limitan –al menos en Francia- a trabajos sociológicos e históricos, confinando esta práctica social a la categoría de objeto de estudio(1). Paradójico porque la autogestión ha supuesto desde siempre un conjunto de respuestas contemporáneas y de experimentaciones sociales(2) que siguen siendo un antídoto a la desesperación que nos ofrecen estos tiempos opresivos. Esta conclusión es aún más sorprendente cuando afecta a los partidarios de la autogestión generalizada, que son los libertarios, y que pusieron en marcha las colectivizaciones de la España republicana. Para ellos esta aspiración es una reivindicación histórica(3) y una práctica actual.
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Surge así la cuestión del ineludible esfuerzo por reactualizar la idea autogestionaria anarquista y sus necesarios debates. Sin duda, este renacer pasa por una primera reapropiación: la del trabajo realizado no hace tanto tiempo y que no ha contado con un eco significativo. Entre quienes han intentado profundizar en la autogestión libertaria y no han contado con nuestro suficiente reconocimiento –más que conociendo su nombre o sus ideas fuerza- hay que señalar al español Abraham Guillén(4).
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La lectura de una de sus obras consagrada a la economía –ha escrito unas cincuenta sobre temas muy diversos- es una forma de conocer sus concepciones de la autogestión. Sin perder nunca de vista su sentido político (“Así pues, sin autogestión no hay emancipación del pueblo por el pueblo mismo. Éste es un axioma político.”) hizo el esfuerzo de pensar la construcción libertaria y sus consecuencias, e incluso su enfrentamiento con el mercado capitalista, aunque sea siguiendo a veces caminos poco frecuentes para un anarquista. La última obra de este autor, que falleció en 1993, fue publicada en 1990(5) y puede ser una primera divulgación de sus tesis, bastante desconocidas más allá del mundo hispanohablante.
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Práctico y pluralista
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En este voluminoso trabajo, Abraham Guillén desmenuza con cuidado los mecanismos y las teorías económicas de su tiempo para mostrar sus mentiras desde el punto de vista de la justicia social y la igualdad. Sus observaciones no dejan nunca de señalar con el dedo a la economía capitalista pero también a la economía de Estado, enfrentando cada tipo de organización con sus propios límites o contradicciones, puesto que éstos se apoyan siempre en las injusticias y la aparición, según las distintas áreas económicas, de una clase capitalista o tecnoburocrática que se apropia de las plusvalías generadas por el mundo trabajador. Para liberarse de estos poderes y de la alienación de los productores por la mercancía (dinero, objeto), hay que asociar con pragmatismo el pensamiento crítico con “la praxis” autogestionaria: “En la “praxis” se revela la realidad económica, el reparto desigual de la riqueza según los grupos privilegiados, la división del trabajo entre dirigentes y dirigidos, la servidumbre del obrero en su trabajo enajenado al capital privado o de Estado.” (pp. 340-341). Pero no es cuestión de someterse a teorías económicas rígidas: “Hay que conocer las leyes objetivas de la ciencia económica sin divinizarlas, sin alienarse en ellas, y tomarlas como conceptos puros del entendimiento humano para justificar regímenes económicos anacrónicos […].” (p. 152).
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Con esta perspectiva abierta, afirma la necesidad de que la organización económica libertaria sea plural, como un medio y como un fin: “Debe haber plena libertad de ensayo económico (empresas mixtas, municipales, cooperativas, mutuales y autogestionarias) sin estalinismo, monopolios ni elitismo.” (p. 201). Como origen de desigualdades, Abraham Guillén insiste en la división del trabajo entre trabajadores manuales e intelectuales. El socialismo autogestionario libertario debe remediarlo radicalmente: “La participación creciente de los trabajadores en la gestión de sus empresas, siendo todos capaces de hacer todo, es la condición esencial del socialismo autogestionario. Sólo así todos participarían por igual en la gestión y la distribución del excedente económico, producto de un trabajo común y en igualdad de condiciones para todos […].” (p. 395).

En este sentido, la empresa autogestionada debe ser un lugar de formación permanente para, asociada a la gestión colectiva de los instrumentos de trabajo, permitir un acceso igual a los saberes con el fin de abolir la diferencia entre trabajadores manuales e intelectuales e impedir la reproducción de una nueva clase gestora que se apropie en el futuro del fruto del trabajo de los demás. Y advertía: “Si el socialismo autogestionario no fuera capaz de superar la vieja división del trabajo entre ejecución de la producción y dirección de la misma, no sería entonces posible la emancipación de los trabajadores […].” (p. 395).
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La trayectoria de este teórico de la autogestión le llevó a conocer, siendo muy joven, las colectivizaciones españolas, y más tarde el sector cooperativista de Perú, al tiempo que trabajaba como experto para Naciones Unidas. Sus estudios unidos a sus experiencias personales han alimentado su reflexión. Sin duda, esto le ayudó a concebir modos originales de organización autogestionaria. Por otra parte, a diferencia de los anarcosindicalistas, para quienes la organización sindical es la columna vertebral de la organización social o económica autogestionaria, hay que señalar que Guillén no atribuye ningún papel preponderante a los sindicatos.
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Parte de la idea de que la autogestión generalizada es también una investigación en la acción: “En los primeros tiempos de un nuevo régimen de democracia libertaria, de economía autogestionaria, habrá que tener muy en cuenta la prueba y el error, la experiencia histórica, para no ideologizar el saber, para no caer en dogmas más cerca de la metafísica que de la realidad cotidiana. En este orden de ideas experimentales, de verificación de programas y de resultados de planes, los autogestores tendrán que ser muy autocríticos, pensando que lo que ayer era positivo mañana puede ser negativo, ya que habría cambios cuantitativos, hacia delante o hacia atrás, lo cual determinaría cambios cualitativos.” (p. 285).
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La organización social y local
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Guillén describe una organización social bastante completa e incluso presenta algunas perspectivas: “En su calidad de autogestores, los trabajadores liberados de la dictadura del capital privado o de Estado, deben participar en la gestión de sus empresas y en el reparto del excedente económico obtenido en ellas por su trabajo asociado; participar en la toma de decisiones de la actividad económica de las empresas autogestionadas; definir la política económica de la empresa de propiedad social, a fin de que sea asegurado su continuo progreso económico, tecnológico, cultural, social, educativo e informativo; dirigirse los autogestores a los órganos del autogobierno empresarial con justas peticiones a las cuales éstos están obligados a responder practicando la democracia directa sin trámites burocráticos” (p. 390). “Los trabajadores de la empresa de propiedad social autogestionada deben tener acceso a sus decisiones fundamentales: cálculo de los gastos de producción; precios; plan de cuentas; informes periódicos; convenios y contratos de todo tipo; decidir sobre la elección de candidatos al consejo autogestor; votar el reglamento de derechos y deberes de los trabajadores; informarse sobre gastos y recursos; concertar créditos; vincularse con otras empresas y organismos; considerar el saldo de resultados económicos mensual, trimestral y anualmente; apercibirse de los planes económicos a corto, mediano y largo plazo.” (p. 391).
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El consejo obrero de la empresa autogestionada es “el Autopoder supremo de la empresa”, elegido democráticamente. Sus miembros son revocables y se eligen por dos años, no pudiéndoseles renovar hasta después de otros dos años más (p. 391). “El consejo autocrático de la sociedad anónima capitalista será sustituido por un Consejo Obrero Autogestor de Empresa; y la asamblea de accionistas, por la asamblea de productores directos, eligiendo, por voto directo y secreto, a sus consejeros autogestores rotatorios y renovables.” (p. 317).
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Aunque no se pronuncia sobre la cuestión del autogobierno municipal, Guillén defiende concepciones interesantes respecto de un tema actual, la “relocalización”: “Si los agricultores estuvieran agrupados en combinados agro-industriales autogestionados, incluyendo en su sistema la producción de elementos primarios, su transformación en productos industrializados y su distribución en el mercado, asociando así el capital agrícola, el industrial y el mercantil, sin falsos intermediarios, la producción llegaría al mercado con la menor diferencia posible entre el costo de producción y el precio de venta, para beneficiar, con precios baratos, a toda la sociedad, como hicieron en su mercado socialista libertario las colectividades anarquistas españolas durante la revolución de 1936-1939.” (p. 235). Adquieren valor los recursos locales: “Por ejemplo, en comunidades autogestionarias locales, integradas comarcalmente, de acuerdo con el entorno económico, ecológico y demográfico, se pueden crear complejos autogestionarios constituidos por la integración de la agricultura, la industria agro-alimentaria y de transformación de materias primas (agrícolas, animales, forestales, pesqueras), utilizando para ello fuentes de energía locales: biomasa, carbón mineral, vegetal o turba, energía solar, eólica, metano y alcohol de la biomasa, a fin de tener una empresa autosuficiente o, por lo menos, no tan dependiente de sus materias primas y fuentes de energía como la mercantilizada empresa capitalista, dependiente de la mercancía.” (p. 121).
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Autogestión y mercado
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Para este enemigo del fetichismo materialista mercantil, deben darse las leyes de cooperación entre colectividades al mismo tiempo que se establece un sistema de valores de cambio. Se trataría del valor trabajo y del valor de uso, por oposición al valor comercial que integra la plusvalía capitalista: “En el socialismo autogestionario (con democracia directa en los escalones de la comuna, el auto-gobierno regional y el co-gobierno federal) ningún grupo autogestor de trabajo cambiaría el trabajo de un año por el de seis meses, sino un valor de uso por otro valor de uso del mismo valor-trabajo, de modo que el cambio no produzca injusticia distributiva, creando así clases parasitarias, burocracias y Estado caro y malo. […] En cualquier producto del trabajo humano –independientemente del modo de producción histórico- hay un valor de cambio y un valor de uso, pero una sociedad autogestionaria se identifica con el valor de uso, desbordando el valor de cambio. Pues, para que cada uno aporte según su capacidad y reciba según su necesidad, fórmula de la distribución comunista, debe haber al menos cierta abundancia de bienes y servicios, una moral de consumo y un reparto equitativo, independientemente de las capacidades y las cualidades del trabajo individual para que haya igualdad económica entre los hombres, sin la cual no hay libertad.” (p. 123).
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La riqueza producida deberá ser superior a las necesidades de las empresas, creando así un capital social gestionado colectivamente con el fin de aumentar la productividad y liberando al trabajador de sus tareas, pero también permitiendo la investigación y el desarrollo, la educación, el ocio, la cultura, etc. El objetivo es, en definitiva, provocar un “decrecimiento de los precios” –gracias a un valor de cambio estable y no especulativo-, un “decrecimiento del tiempo de trabajo” –por la mejora técnica del rendimiento financiada por el aumento del “capital social”-.
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El autor anticapitalista evoca el mercado: “Con socialismo de autogestión, la planificación nacional es programática, indicativa, pues deja las decisiones básicas a las empresas autogestoras que saben lo que necesita el mercado socialista, en cantidad y calidad, en precios competitivos […]. El socialismo libertario no tiene necesidad de planificación centralizada, sino de un socialismo de mercado, de la competencia entre grupos colectivos de trabajo, de la democracia directa en las empresas por medio de los consejos autogestores.” (p. 135). Este concepto del mercado se usa aquí sin ambigüedades en cuanto a las intenciones: “[…] el único sistema socio-económico que puede hacer cumplir la ley del valor-trabajo en los intercambios, dentro de un mercado socialista (libre de mercachifles, de agiotistas monetarios y bursátiles, de capitalistas que consumen mucho y producen poco), es la economía autogestionaria (en las empresas, explotaciones agro-industriales, servicios, talleres y fábricas) y la democracia directa (en la política).” (p. 201).
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Las estrategias
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Y A. Guillén cambia el paso; considera y argumenta a favor de ¡una competencia entre la economía autogestionaria y las economías capitalistas o de Estado! Y desarrolla su idea: “Una economía autogestionaria debe ser competitiva, desafiante e imbatible en el mercado mundial; pero no sólo porque sus protagonistas auto-organizados hagan sacrificios económicos en el sentido de consumir poco e invertir mucho, sino más bien por ponerse a trabajar todos útilmente; reducir la burocracia al mínimo; elevar la fuerza de trabajo productivo al máximo; abolir las clases parasitarias e invertir inmediatamente sus rentas, que eran improductivas, en inversiones productivas; y no olvidar que la investigación científica y la educación generalizada son grandes fuerzas productivas para el desarrollo de la sociedad libertaria.” (p. 261). Rechaza la idea de que la revolución será simultáneamente en todo el mundo, pero muestra también que si este modelo de desarrollo no convence, tampoco habrá otras regiones del mundo que se unan a esta idea de abolir el capitalismo: “En consecuencia, si el crecimiento económico y el progreso tecnológico y cultural no son mayores con una economía autogestionaria que con una economía burguesa o burocrática, se estará en el reino de las ideologías, pero no de las realidades económicas. Pero si todo un pueblo autogestionario trabaja, investiga, consume prudentemente e invierte mucho para progresar más, si desaburguesa y desburocratiza la economía, competirá con ventaja en el mercado mundial y, a mediano plazo, se colocará a la vanguardia del progreso internacional, encarnando así el protagonismo de la historia universal.” (p. 261). Y el economista libertario no quiere mentir; afirma que el desarrollo autogestionado sería cuestionado en su vocación misma si no permitiera el acceso a un modo de vida envidiable en comparación con otras economías de mercado: “Queramos o no hay que ser desarrollistas en el buen sentido; pero no aumentar la producción por la producción misma; […] pues la humanidad no quiere perder fuerzas productivas, nivel de vida y bienestar adquiridos, cambiando de régimen.” (p. 394).
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Mientras, se plantean las cuestiones estratégicas con el fin de alcanzar una economía autogestionaria. El autor afirma la complementariedad entre el pensamiento y la acción: “Así pues, necesitamos una contracultura que saque al pueblo de su pasividad animal (doméstica) de consumo; unir el pensamiento y la acción para interpretar y transformar el mundo al mismo tiempo; pues el pensamiento por sí [mismo] nunca produce ningún cambio. Por eso, en ciertos momentos históricos, mejor que decir es hacer, uniendo el pensamiento y el acto en una “praxis” coherente; pues sólo así podrán los trabajadores transformar el capitalismo en socialismo libertario.” (p. 134). Paralelamente preconiza la constitución de “comités”, liberados del control de las élites de los partidos o sindicatos institucionalizados: “La estrategia básica consiste en romper el equilibrio del sistema institucionalizado, tanto por las burguesías como por las burocracias, a fin de provocar la ruptura violenta, la lucha de clases conducente a la Revolución.” (p. 340). Y en esas estamos hoy día.
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Si bien no escapa a ciertas imperfecciones líricas, cientificistas o economicistas que conviene tomar con precaución, Abraham Guillén nos ha legado, sobre todo, una serie de pensamientos y tomas de posición dignas de interés y capaces de enriquecer nuestras propias reflexiones sobre el camino hacia la autogestión libertaria. Hay que lamentar que este pensador de la autogestión sea tan poco conocido, y con él, su obra.
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Federación Anarquista - Grupo Gard Vaucluse (Francia). Extraído del semanario Le Monde libertaire, n° 1447, 21-27 de septiembre de 2006. Traducido por Luis B.
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NOTAS:
(1) “Habríamos dejado atrás, pues, la autogestión. Pero ciertas cuestiones que la autogestión ha planteado bien pudieran afectarnos en el presente.” Autogestion, la dernière utopie?, Éditions la Sorbonne, 2003, p. 9.
(2) Léase L’autogestion libertaire, Editions du Monde Libertaire, 2006.
(3) “Los instrumentos de trabajo, así como la tierra, serán propiedad de la comunidad, no pudiendo ser utilizados más que por los trabajadores, y éstos, agrupados en asociaciones industriales y agrícolas, serán remunerados según su trabajo.” Miguel Bakunin, Programa de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista.
(4) Aunque Daniel Guérin permanece como una referencia, citemos sin embargo a Georges Gurvitch y Jean Bancal cuyos escritos o investigaciones sobre la autogestión libertaria son bastante poco accesibles.
(5) Se trata de Economía autogestionaria. Las bases del desarrollo económico de la sociedad libertaria, 504 páginas, editado por la Fundación Anselmo Lorenzo. No se citan aquí más que las ideas más significativas del autor (especificando entre paréntesis la página de donde se extraen y respetando las cursivas del original); la lectura del libro resulta pues imprescindible.

domingo, 20 de enero de 2008

"La pasión de la destrucción es una alegría creadora" (Bakunin)

El Capital influye sobre toda nuestra práctica, se apropia y desvía toda la actividad creativa del hombre para la realización de sus propias necesidades de acumulación. Al separar definitivamente la creatividad del resto de la actividad humana el Capital definió al Arte como el único campo de la expresión y de la creación, como el lugar y el momento de todas las significaciones posibles, precisamente por que la vida ha perdido toda significación.
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Se nos impulsa a escribir, a decir, a dibujar cualquier cosa, mientras esos productos artísticos queden en el dominio de la representación de lo vivido, del espectáculo, sin que superen las fronteras hacia la transformación de la vida, dentro de esos límites, dichos productos no son otra cosa que mercancías como todas las otras.
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Pero cuando nos planteamos en contradicción con esta realidad desde los deseos y necesidades de nuestra vida -como quien roba para comer o destruye la máquina que lo ata al trabajo- somos asesinados, tomados presos o tratados como locos.
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Nosotros no queremos revolucionar el arte ni nada que se le parezca, simplemente creemos necesario cambiar el mundo de forma revolucionaria, ir a la raíz de un orden que día a día nos llena más de destrucción y nos mantiene en base a nuestro rol en la economía.
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LA INSURRECCIÓN GENERALIZADA SERÁ UN HECHO PROFUNDAMENTE CREATIVO, UN JALÓN CRUCIAL EN ESTA DESTRUCCIÓN REVOLUCIONARIA DE TODO CUANTO NOS IMPIDA HACERNOS CARGO DE NUESTRA PROPIA VIDA.

A quienes se les mezcla la vida, el arte, y la militancia, y ya no pueden distiguir que es que... Un abrazo cómplice.
Por "PanfletosSubversivos.blogspot.org"